La Caja de Pandora

Se antoja difícil imaginar un partido más importante en nuestras circunstancias. De un plumazo, se puede solucionar la temporada, clasificándonos para competición europea a finales de febrero. De un plumazo, podemos revivir lo que hace no tanto nos hizo tocar el cielo. De un simple plumazo, el equipo, ese equipo que tantos disgustos nos lleva dados en los últimos tiempos, puede empezar a devolverle a la afición algo de lo mucho que le debe.

Pero es que, para colmo, también se antoja difícil imaginar un partido con tantos condicionantes para hacer que el Sánchez-Pizjuán se convierta en un auténtico infierno. Empezando por el rival, el Atlético de Madrid. Pocos clubes en el mundo provocan en nuestra casa tanta animadversión como el Betis de la capital. Pocos pueden tener el efecto llamada de los patéticos en la parroquia sevillista. Muy pocos. Y son tantos los motivos. Pero yo destacaría uno sobre todos los demás, e imagino que cualquiera con el corazón blanco y rojo sabe a qué me refiero. Sería maravilloso poder dedicarle a Antonio Puerta el pase a la final, después de aplastar en el campo al equipo de los que le han insultado.

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Yo no estoy seguro de si en Madrid son conscientes de que han podido abrir la Caja de Pandora con aquella mentira sobre los cánticos sevillistas en el Calderón, en los que supuestamente se reían de las tragedias del Madrid Arena y de Atocha. Supongo que algún listillo quiso demostrar que en todas partes cuecen habas, como queriendo igualar la ruindad de parte de ambas aficiones. Unos se ríen de Puerta, otros de las tragedias del contrario. No sé si es así, pero estoy convencido de que, de serlo, han cometido un grave error. Si ya de por sí al sevillismo sólo hay que tocarle un poco las palmas para movilizarlo; si ya de por si una semifinal de Copa es motivo suficiente para conseguirlo; si ya de por sí el Atlético de Madrid es un rival que nos pone, aunque sea en un amistoso; calentar el partido de ese modo puede ser el colmo de los colmos. Lo que nos faltaba ya para convertir la olla a presión del Sánchez-Pizjuán en un verdadero infierno. En la peor pesadilla que cualquier visitante pueda imaginar.

Porque yo estoy convencido de que así va a ser. Cualquiera se puede esperar una encerrona, pero estoy convencido de que esa palabra será propia de un cuento infantil en comparación con lo que se van a encontrar. Estoy convencido de que el ambiente va a ser terrorífico para los atléticos. Y estoy convencido de que ese ambiente se va trasladar al césped, a los jugadores, porque los jugadores son humanos antes que profesionales de esto, y es imposible que se abstraigan de algo así.

Sólo queda que los futbolistas del Sevilla tomen el testigo. Que salgan al campo con el cuchillo entre los dientes. Que muerdan al rival, que se les echen encima, que les metan el miedo en el cuerpo a base de garra, de intensidad, de casta…, de hostias si hace falta. De lo que sea. Que comprendan que son ellos los que tienen que hacer lo que hasta el último aficionado haría de estar en su lugar. Que a los jugadores atléticos les tiemblen las piernas, que se arruguen ante la mala leche de sus rivales. Que se cree tal simbiosis entre campo y grada que la palabra infierno quede reducida a una forma de hablar.

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Si eso es así, será imposible que nos ganen. Si eso es así, pasaremos a la final porque es lo que pasa cuando se tiene entre ceja y ceja que se tiene que ganar un partido por lo civil o por lo criminal. Como sea. En otra época no tan lejana, nos imponíamos a los rivales gracias a la enorme calidad técnica de esos jugadores que todos recordamos y añoramos. Ellos no están ya, ya no tenemos esa calidad. Pero en fútbol no siempre decide tal cosa. En fútbol hay algo que se llama, vaya paradoja, el anti-fútbol. Y si es a esto a lo que tenemos que recurrir, pues que así sea. Lo que haga falta.

La grada no va a fallar. La Caja de Pandora está abierta. Sólo queda que los futbolistas sepan comprender la importancia del momento y se limiten a hacer lo que tienen que hacer.