Dicen que cada persona es un mundo y en ese gran universo de risas, llantos, amores y odios, se fabrica el camino. Cuando abres los ojos cada día, un cosquilleo invisible invade tu cuerpo: otro día al pie del abismo, un amanecer más montado en esa máquina llamada codicia que todo lo destruye. Somos personas, tenemos corazón, pero tropezamos demasiadas veces. Vivimos.
¿Quién mueve los mercados que impunemente rompe tantas vidas y destruye tantos sueños? ¿Es lícito el enriquecimiento de unos cuantos a cambio de dejar sin futuro a millones de personas? ¿Qué hacen los estados cuando ven que delante de sus ojos se empobrece tanta gente por culpa de unos cuantos? Esta gente malvada tiene nombre y apellido; camina por las calles y hasta lleva a sus hijos al colegio, luego regresa a la oficina y firma la defunción laboral de miles de personas.
Una vez vi una foto de Hitler sonriendo mientras jugueteaba con una niña, y al general Videla besar a un niño a la misma hora que jóvenes madres argentinas desaparecían en el mar de las tinieblas después del parto. De repente me golpea un pensamiento aterrador: los monstruos también son humanos.
Los monstruos ríen a su manera, lloran a su manera y, a su manera, matan y hacen desaparecer las risas, los llantos y los sueños de las personas. Por codiciar lo que no es suyo se sienten capaces de todo y dispararían a la luna si pudieran asesinarla.
Luchemos para proteger la especie humana de los destructores de sueños, de los ladrones de risas. Luchemos juntos para que no derriben el horizonte, ni dejen tiznados los amaneceres. Pongamos alambradas para que no pasen los que incendian nuestro presente y hacen croquis para dinamitar nuestro futuro. Que alguien les diga de una vez a los gobiernos quiénes son los enemigos del pueblo. Nombres, apellidos y sonrisas.












