Escrito por José Manuel García-Otero.
Cuando llegan estas fechas el ser humano se acuerda de que es humano; también se acuerda de que no camina solo. Algunas veces cae en la cuenta de que el camino es ancho y, sobre todo, largo, muy largo.
Como humano que es, parece un animal casi perfecto. Muchos, quizás animados por el orgullo y una soberbia desmedida, se confunden: piensan que Superman existe. Y que, como el ficticio héroe de la criptonita, vuelan, tienen la visión de doscientos linces, y levantan un AVE con el meñique. Pues no: esos que muestran pecho moldeado y bronce son los que, en los momentos cruciales de la vida, se hacen pipí en los pantalones.
Yo confieso que el camino está resultando durísimo, vestido de una crueldad terrible, con noches eternas y un sol que no duda en castigarnos. Pero me fijo en que los salmones nunca miran atrás, jamás dejan de nadar, aunque le arranquen trozos de vida en el intento, ellos siguen con esa fuerza inexplicable hasta el final. Entonces me levanto.
Hay que buscar en los bolsillos un trozo de esperanza, un pedazo de aliento para seguir respirando en medio de una calle asfaltada de egoísmo e indiferencia. Te paras en el semáforo y en el camino hacia la otra orilla te cruzas con un montón de miradas que buscan lo mismo que tú, una mano amiga, una sonrisa afable, un hombro solidario, la palabra necesaria que te pide que sigas caminando, que existe alguien que te espera en el final de todo.
Es verdad que en esta sociedad que habitamos existe una terrible crisis, pero yo le tengo más miedo a la soledad, a esa tremenda sensación de perder mi sombra; a dejar mi libertad en manos que no sienten, en pechos que no me dicen nada. Yo te quiero decir que sé quién eres, que soy como tú, una persona que busca a otras personas, que hay alguien que espera en la otra puerta, que no hay nada perdido.












