Recuerdo la primera vez que vi a Felipe González. Fue en Zaragoza, una primavera tardía de 1977. Yo hacía la mili y aquel mediodía de amapolas y jaramagos terminé reventado por culpa de una guardia bélica a la que nos castigó un oficial, que veía moros y enemigos por todas partes. En un tugurio del Tubo cambié mi traje de romano por una arrugada camisa playera y unos raídos vaqueros.

Con esa pinta de guiri pelón me acerqué a la plaza de toros maña, donde daba el mitin el PSOE de mi paisano Felipe. No cabía un alfiler en el coso. Había gente entre las escaleras, remolinos de carne humana en los rincones más insólitos; todo por ver a Felipe González, ese mesías político, cuya voz clara, potente y andaluza, nos hablaba de un mundo nuevo, un mundo mejor y más justo para todos, de todos, con todos.
Las palabras de aquel tipo de frente patricia y cabellos descuidadamente perfectos retumbaban en las piedras que un día se rebelaron contra el invasor francés y que aquella primavera de luces bendecía los amaneceres de una España que olía a pan nuevo y a Democracia.
Yo recuerdo los ojos de los viejos escuchando a Felipe González, ojos que veían el campo y las calles, prados de agua cristalina y montañas nevadas. También recuerdo a las mujeres de todas las edades, y a los jóvenes estudiantes, que días antes saltaron enfebrecidos por la magia de La Bullonera y ahora le daban la mano a ese tipo del sur, cuya voz derribaba murallas y enterraba podridos fantasmas de la tiranía. Sin duda, aquella voz hizo más livianas mis noches de cetme y su calor amortiguó las flechas heladas que me lanzaba el Moncayo.
Pasaron los años, los cirios de la esperanza se derritieron y aquel soldado pelón dejó anclados en alguna estación de tren sus sueños de un mundo más igualitario y más justo.
Ya no se habla de libertad en este viejo país, la democracia luce corbata y nadie sabe qué día de primavera murieron las rosas. Las calles vomitan aburrimiento y miedo, y aquel partido del pueblo que defendía la voz del Viriato de Bellavista es hoy una guitarra rota que manosea sin escrúpulo un ramillete inmundo de impostores.
De aquel Felipe González no queda nada. Hoy es un viejo potentado, harto de fumar cohíbas, que desayuna con jeques, cena en los jets privados de los multimillonarios aztecas y bosteza aburrido en los consejos de administración de varias multinacionales.
Aquel joven león ya no existe, su corazón proletario se lo llevó la noche, dejando las calles anegadas de silencio y rotas las esperanzas. Su legado amarillea en las hemerotecas y hasta su barrio, que olía a libertad y a vacas, se olvidó de su nombre. La gente de este país todavía vive peleando por un día mejor y un trabajo digno. Aquel pueblo no cambió, Felipe.
Fdo. José Manuel García-Otero












