Si no tienes trabajo después de llamar a todas las puertas y con mil respuestas negativas diferentes y mil palmadas compasivas en el hombro, si el banco activó el mecanismo judicial para que te desahucien la casa, si ya no sabes qué gramo de esperanza poner en las manos de tus hijos, si tus palabras de aliento se agotaron después de regresar ante los tuyos con la mirada rota y el cielo derramando cenizas. ¿Qué te queda?
Te queda la palabra. Te queda el corazón. Te queda el alma. Y has de luchar, luchar con todas tus fuerzas.
En Bolivia, miles de indígenas, la mayoría campesinos, protestan y marchan para reclamar lo que un día les prometió Evo Morales, un tipo disfrazado de campesino que engañó a mucha gente. La mayoría del campesinado marcha con el pecho descubierto, el orgullo arañado y la desesperación en los ojos. ¿Ya nada les queda?
Les queda la palabra. Les queda su mirada limpia. Les queda el orgullo arañado. Y tienen una bandera llamada alma erguida que no deja de ondear por las colinas de Cochabamba.
En Estados Unidos prende la mecha indignada de miles y miles de personas, hartas de salir a las calles y que las esquinas les escupan miseria. Quieren revertir la situación y ya nada les importa.
Porque les queda la palabra, un hilo de esperanza y un puñado de corazones juntos. Con ese caudal se muestran dispuestas a luchar contra el Gran Gigante.
En España y en el resto de Europa la palabra Basta ya comienza a dejar de ser dos sílabas huecas. Existen muchos millones de parados y la juventud quiere pisar un asfalto mejor y paredes sólidas que el opresor sistema no deja de pudrir. Esta sociedad ansía un cambio real y unos dirigentes que miren a la sociedad y sirvan a la sociedad. Muy distintos a estos dirigentes de mentira, que no miran a los ojos y sirven a intereses que no son los intereses de la ciudadanía. España y Europa comienzan a decir muy fuerte Basta. Les queda algo más que la palabra.












